La Mosca en la SOPA
Durante décadas, la radio tradicional colombiana fue sinónimo de influencia, credibilidad y agenda pública. Las grandes cadenas no solo informaban: interpretaban el país. Sin embargo, el presente de la radio —especialmente tras la integración operativa entre W Radio y Caracol Radio— revela algo más profundo que una reingeniería empresarial: evidencia el agotamiento de un modelo editorial, político y ético que no supo adaptarse a un nuevo país ni a una nueva audiencia.
La fusión, leída por muchos como una estrategia de supervivencia ante la caída sostenida de la pauta y la fragmentación del consumo, también expone una paradoja: más concentración no ha significado más diversidad ni mayor credibilidad. Por el contrario, para amplios sectores de la audiencia, la radio comercial suena cada vez más homogénea, predecible y distante.
En paralelo, RCN Radio atraviesa uno de los momentos más complejos de su historia. Con cambios constantes de parrilla, apuestas editoriales erráticas y una audiencia que envejece sin recambio claro, la cadena parece no haber encontrado un relato propio en el nuevo ecosistema digital. Todelar, por su parte, es casi un símbolo del pasado: una marca histórica que no logró traducir su legado en relevancia contemporánea.
Mientras tanto, ocurre algo que las grandes casas radiales no supieron anticipar —o subestimaron—: el ascenso de medios alternativos, digitales e independientes. Proyectos que durante años operaron en el silencio, sin pauta oficial ni respaldo empresarial, hoy marcan conversación, acumulan audiencias jóvenes y disputan credibilidad. No por su perfección, sino por su cercanía, diversidad de miradas y una narrativa menos vertical.
Algunos expertos interpretan este fenómeno como una suerte de castigo social. No en un sentido moralista, sino estructural. La percepción de prepotencia editorial, la cercanía excesiva con el poder político tradicional, la falta de autocrítica frente a errores evidentes y una ética periodística puesta en duda por amplios sectores, terminaron pasando factura. La audiencia ya no consume por costumbre: elige, compara y abandona.
A esto se suma un error estratégico mayor: muchas grandes empresas mediáticas —no solo en radio, sino también en prensa escrita como Semana, El Colombiano o El Espectador— no supieron leer el cambio político y cultural del país. Cuando la derecha perdió su hegemonía electoral y simbólica, varios medios insistieron en un libreto confrontacional, anclado en la nostalgia del poder perdido. El resultado no fue resistencia, sino desconexión.
En este contexto, el futuro de las grandes figuras del periodismo radial también entra en revisión. Gustavo Gómez y Néstor Morales representan el periodismo de análisis tradicional, sólido en formas, pero cuestionado por su dificultad para dialogar con audiencias que exigen más pluralidad y menos cátedra. Su reto no es el talento, sino la capacidad de reinventar el tono y el enfoque.
Juan Roberto Vargas, como directivo, demostró que se perdió el desafío de liderar medios que aún piensan como monopolios en un mundo de nichos. Juan Diego Alvira, más cercano al lenguaje popular y emocional, tiene mayor margen de adaptación, siempre que logre sostener credibilidad cambiando el chip de lo chabacán. D’arcy Quinn, figura influyente en la agenda política, depende cada vez más de un ecosistema que ya no responde únicamente a los pasillos del poder. Y Vicky Dávila, quizá la más polarizante, ha convertido la opinión en trinchera: una estrategia efectiva en redes, pero riesgosa para su continuidad periodística a largo plazo.
Del micrófono a la tarima: el riesgo de quemarse antes de tiempo
En este contexto aparece otro fenómeno inquietante: el de comunicadores que, amparados en la visibilidad que les dio la radio y la televisión de noticias, han comenzado a transitar hacia proyectos políticos y candidaturas, muchas veces de la mano de partidos y movimientos que hoy no representan una alternativa real para las mayorías.
El problema no es la participación política —legítima en cualquier democracia—, sino la confusión entre capital mediático y respaldo ciudadano. La exposición constante no equivale a conexión social, y la opinión repetida no se traduce automáticamente en liderazgo. Varios de estos intentos parecen más bien hogueras anticipadas, ejercicios de vanidad política que podrían dejar más cicatrices que victorias rumbo a 2026.
La audiencia ha cambiado. El voto emocional, guiado por lealtades mediáticas o figuras carismáticas, pierde terreno frente a un electorado más pragmático, más informado y menos dispuesto a delegar su criterio. Hoy, incluso quienes desconfían del sistema tradicional exigen coherencia, propuestas y resultados, no solo discursos amplificados por un set de televisión o un micrófono histórico.
El futuro de la radio colombiana no está escrito, pero sí condicionado. O entiende que la autoridad ya no se impone desde el micrófono, o seguirá perdiendo relevancia frente a voces que, sin grandes estudios ni frecuencias privilegiadas, lograron algo esencial: escuchar al país antes de hablarle.
La radio no muere. Pero el viejo poder del dial, ese que confundió influencia con infalibilidad, ya no gobierna la conversación. Y eso, para bien o para mal, es irreversible


