Por Hans Blumenthal
El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron la Operación “Epic Fury”, una de las mayores operaciones militares en Oriente Próximo en décadas. Su objetivo declarado: destruir el programa nuclear iraní y derrocar al régimen. Tres semanas después, queda en evidencia lo que muchos analistas advirtieron desde el principio —y, según se escucha, también altos mandos militares y figuras de inteligencia directamente ante el presidente Trump—: esta guerra comenzó sin plan, sin una definición realista de sus objetivos y sin estrategia de salida.
Un ataque contra una nación milenaria
Hablar de Irán exige una perspectiva histórica de largo alcance que el debate occidental suele pasar por alto. Irán no es una colección de ayatolás y centrifugadoras: es una de las civilizaciones continuas más antiguas del mundo, anterior a cualquier Estado europeo.
La dinámica política moderna arranca con una herida que aún no ha cicatrizado: el derrocamiento del primer ministro Mohammad Mossadegh, elegido democráticamente, organizado en 1953 por la CIA y el MI6 británico, después de que Mossadegh nacionalizara las instalaciones petroleras anglo-americanas. Vinieron entonces 26 años bajo el segundo sha, Mohammad Reza Pahlavi —modernizador, pero progresivamente represivo y sostenido por Washington. La revolución de 1979, encabezada por Ruhollah Jomeiní, no fue un accidente histórico, sino una respuesta largamente contenida y, desde la perspectiva iraní, perfectamente comprensible.
El régimen islámico padece hoy una grave crisis de legitimidad: corrupción, fracaso económico, represión y la exclusión sistemática de la mujer de la vida pública han erosionado profundamente la confianza ciudadana. En enero de 2026, las fuerzas de seguridad masacraron a miles de manifestantes, un hecho que Trump utilizó como casus belli. Pero un régimen capaz de reprimir a su población en esa escala no está, en absoluto, al borde del colapso.
Objetivos claros de un lado, caos del otro
Israel lleva décadas aplicando una línea estratégica consistente. La lógica bélica de Netanyahu se asienta en su convicción más arraigada: que un Irán nuclear representa una amenaza existencial para la supervivencia del Estado israelí. Esa posición, se comparta o no, posee coherencia estratégica.
Muy distinto es el caso de Estados Unidos bajo Donald Trump. Los objetivos de guerra proclamados públicamente oscilaron de manera llamativa: destrucción total de las capacidades nucleares y milistísticas iraníes; protección de Israel; cambio de régimen a través de un levantamiento popular —implícito, nunca anunciado—; y luego, de pronto, la afirmación de que la guerra estaba “prácticamente terminada”. La revista Foreign Affairs habló tempranamente de una peligrosa inflación de objetivos bélicos. En términos estratégicos: falta una jerarquía estable de fines.
Tres errores de cálculo estratégicos
La resiliencia del régimen
El error central de Washington fue suponer que se enfrentaba a un régimen débil y personalista, destinado a colapsar con la muerte de su líder. Ali Jamenéi y otras figuras del poder fueron eliminados el 28 de febrero, el primer día del ataque. El sistema sobrevivió. Su hijo, Mojtaba Jamenéi, fue designado sucesor.
Se subestimó profundamente el carácter y la institucionalización de la República Islámica. El sistema iraní no es un Estado convencional: es un conglomerado híbrido de poder que entrelaza el clero chiiíta, las instituciones civiles y, sobre todo, los Guardianes de la Revolución. Esas estructuras están soldadas entre sí por vínculos familiares, alianzas matrimoniales entre el clero, el ejército y el mundo empresarial, y redes clientelares densamente tejidas. En el centro está la Guardia Revolucionaria: elite político-militar-económica del régimen, su actual centro de gravedad y actor decisivo en cualquier escenario.
El plan de posguerra de Trump descansaba en una tesis no verificada: que el pueblo iraní sería capaz de derrocar a una Guardia Revolucionaria debilitada pero resuelta. La IRGC es simultáneamente unidad de élite militar, aparato de represión y centro de poder económico —controla el petróleo, la construcción y las telecomunicaciones—. Un cambio de régimen sin tropas terrestres resulta, en esas condiciones, sencillamente irreal.
Asimetría militar: el cálculo equivocado
Irán es, en el plano convencional, claramente inferior. Su fortaleza radica en la guerra asimétrica: drones baratos tipo Shahed, misiles de corto alcance, ataques precisos sobre radares e infraestructura de bases estadounidenses. La asimetría de costos es aplastante: un dron iraní vale una fracción de un misil interceptor Patriot. El militarmente superior gana las batallas, pero pierde económicamente la guerra.
El estrecho de Ormuz: la palanca subestimada
Desde el 4 de marzo de 2026, el estrecho de Ormuz está de facto cerrado: el tráfico de petroleros se desplomó alrededor de un 70 por ciento; más de 150 buques aguardaban anclados frente a la entrada. El mercado de seguros declaró el paso económicamente inviable —sin necesidad de minas marinas ni barcos de guerra. Bastaron unos pocos ataques de drones. Los buques autorizados a cruzar —principalmente petroleros con destino a China o la India— obtienen ese permiso de los Guardianes de la Revolución.
El Brent superó brevemente los 110 dólares por barril. Los precios del gas en Europa casi se duplicaron después de que Irán enviara drones contra instalaciones gasísticas qataries y QatarEnergy detuviera su producción. Más del 80 por ciento del petróleo que circula por el estrecho va a Asia. Economistas de RBC Capital Markets hablaron de la mayor crisis energética desde el embargo petrolero de los años setenta.
La estrategia de Irán: perder para no perder
Teherán no tenía ilusiones desde el principio: una victoria convencional contra el poder militar combinado de Estados Unidos e Israel es imposible. Pero ese no es el objetivo. Irán aplica una clásica estrategia de imposición de costos —maximizar el desgaste económico y político del adversario, mientras proyecta hacia adentro la imagen de un país agredido por fuerzas externas.
El estrecho de Ormuz es el núcleo de esa estrategia. A ello se suman ataques selectivos contra bases estadounidenses en la región y contra los Estados del Golfo, existencialmente vulnerables: un solo ataque de dron sobre una planta desaladora podría cortar el 90 por ciento del suministro de agua de Riad. Kuwait obtiene el 90 por ciento de su agua potable de la desalación; Omán, el 76 por ciento. Esas vulnerabilidades, al parecer, no fueron un factor serio en la planificación de guerra de Washington.
El dilema del poderoso
Estados Unidos e Israel se enfrentan a un dilema clásico de escalada. Primera opción: ampliar la guerra, posiblemente con tropas terrestres, e intentar un cambio de régimen real. Segunda opción: desescalar y negociar un alto al fuego con el régimen existente, con el consiguiente costo político. Ambas salidas son estratégicamente onerosas.
Un Irán herido podría salir del conflicto aún más resuelto a asegurar sus capacidades nucleares residuales —como disuasión ante futuros ataques—. Sin un plan diplomático concreto para verificar el programa de enriquecimiento de uranio, la guerra no resuelve el problema que supuestamente debía resolver.
Al mismo tiempo, la base interna se erosiona: por primera vez en 25 años, una encuesta de Gallup registra que más estadounidenses simpatizan con los palestinos que con Israel —un desplome del 60 por ciento de simpatía hacia Israel en 2020 al 36 por ciento hoy.
Ganadores y perdedores más allá del frente
Las guerras siempre producen ganadores colaterales. Esta, en particular. Y los perdedores suelen estar, sorprendentemente, en el propio bando.
Rusia: beneficiario silencioso
Moscú gana por partida doble: la escalada del precio del petróleo financia su guerra en Ucrania, y los recursos militares estadounidenses se desvían del escenario europeo. Además, Rusia provee a Irán datos de inteligencia sobre movimientos de tropas norteamericanas en el Golfo —una inversión estratégica de bajo costo y alto rendimiento. El ataque contra una instalación militar estadounidense en Kuwait, que costó la vida a seis soldados, golpeó un objetivo cuyas coordenadas no aparecen en ningún mapa público.
China: el gran ganador
Pekín gana en varios frentes al mismo tiempo: compra petróleo iraní muy por debajo del precio de mercado, observa en tiempo real las operaciones navales estadounidenses como material de aprendizaje para eventuales escenarios en torno a Taiwán, y ve cómo Washington distrae atención y recursos del Indo-Pacífico. China ha modernizado sistemáticamente la infraestructura militar iraní en los últimos años: sistemas de radar avanzados, sustitución de la navegación militar del GPS estadounidense por el sistema BeiDou-3 cifrado de China. Al mismo tiempo, Pekín se posiciona como mediador indispensable y guardián global del orden y la cooperación internacionales. Washington libra una guerra cuyo fin podría requerir la ayuda de su mayor rival estratégico.
Los Estados del Golfo: aliados bajo fuego
Las monarquías árabes se encuentran en una posición contradictoria. Respaldaron oficialmente la línea de Washington —y aun así pagan un precio elevado. Catar detuvo temporalmente su producción de gas tras los ataques de drones iraníes. Kuwait, Riad y Mascate son existencialmente vulnerables: obtienen entre el 70 y el 90 por ciento de su agua potable de plantas desaladoras, blancos que Irán podría atacar en cualquier momento. La garantía de seguridad estadounidense, fundamento de esas alianzas durante décadas, no sale de esta guerra más sólida, sino más frágil.
Japón, Corea del Sur, Australia: aliados como daños colaterales
Japón importa alrededor del 90 por ciento de su crudo desde Oriente Próximo; Corea del Sur, alrededor del 70 por ciento —casi en su totalidad a través del estrecho de Ormuz—. Ambos países son aliados cercanos de Washington y fueron arrastrados a una crisis energética por una decisión que no tomaron. La bolsa de Seúl sufrió su mayor caída desde 2008. El traslado de los sistemas antimisiles THAAD desde Corea del Sur al Golfo creó además una brecha de seguridad frente a Corea del Norte. Y Qantas Airlines anunció subidas masivas de tarifas por el encarecimiento del combustible y los desvios de rutas en torno al espacio aéreo cerrado.
Europa: la factura más alta
Europa es quien más paga entre todos los aliados. El cierre del estrecho de Ormuz y la paralización de la producción qatarí golpean el suministro europeo de gas en plena temporada crítica de recarga —de abril a noviembre, la UE debe inyectar alrededor de 60.000 millones de metros cúbicos para alcanzar sus metas de almacenamiento. Perder dos meses supone perder cerca del 25 por ciento de la ventana disponible. Los economistas proyectan una inflación superior al cuatro por ciento en la zona euro, con las consiguientes presiones sobre los tipos de interés en el peor momento posible.
A eso se suma la dimensión estratégica: las reservas de munición estadounidenses fluyen hacia Oriente Próximo a expensas del apoyo a Ucrania, que Europa considera existencial. El continente financia y rearma para sostener un orden de seguridad que Washington está socavando.
La paradoja es difícil de ignorar: con esta guerra, Estados Unidos ha impuesto enormes costos a las mismas economías con las que contaba como aliados y socios de coalición —y con las que puede volver a contar en el futuro. Washington libra una guerra cuyas facturas pagan, sobre todo, sus amigos.
Un momento desaprovechado
Hay una amarga ironía en el momento elegido. Según diplomáticos árabes y el canciller omaní, Teherán estaba en febrero de 2026 a un paso de un avance en las negociaciones nucleares de Ginebra, con concesiones iraníes de peso sobre la mesa. Trump declaró que no le entusiasmaban esas conversaciones y las abandonó.
La operación golpeó a un régimen relativamente debilitado: desacreditado ante su propia población, económicamente al límite, aislado regionalmente tras el colapso de sus redes de proxies en Gaza, Siria y el Líbano. Y aun así: el régimen iraní sobrevivió al Movimiento Verde en 2009, a las protestas de 2019 y 2020, al movimiento Mujer, Vida, Libertad de 2022 y a las grandes movilizaciones de 2025 y 2026 —siempre a golpe de violencia estatal. Irán es un objetivo duro.
Conclusión: una guerra que no derrota a nadie
Al comienzo había dos objetivos potencialmente racionales: destruir las capacidades nucleares iraníes y propiciar un cambio de régimen en Teherán. Ninguno está al alcance de la mano. El material nuclear restante es en gran parte inlocalizable —un legislador estadounidense advirtió, tras un informe de la CIA, que el gobierno nunca tuvo un plan para ese arsenal: ni para destruirlo, ni para confiscarlo, ni para ponerlo bajo control internacional—. El régimen sigue en pie.
El balance: Israel mantiene una línea estratégica coherente. Irán actúa de manera estratégicamente defensiva, económicamente erosionante y con una paciencia de largo aliento. Estados Unidos, en cambio —con toda su superioridad militar—, parece políticamente y estratégicamente desorientado. El politólogo de la Universidad de Chicago John Mearsheimer, una de las voces más respetadas del análisis internacional, advirtió desde temprano sobre el riesgo de un pantano al estilo vietnamita. Teherán considera el conflicto como existencial y no tiene ningún interés en un alto al fuego prematuro: desde la perspectiva iraní, eso sería apenas una pausa antes de que Estados Unidos o Israel vuelvan a atacar.
El desenlace más probable no es una victoria, sino una salida forzada: un armisticio que no satisface a nadie pero contiene la escalada —en algún momento, bajo la presión de la gasolina cara en Ohio y los mercados energéticos colapsados en Europa. La pregunta de fondo seguirá pendiente: ¿ha debilitado esta guerra al régimen iraní o, paradójicamente, lo ha consolidado? La historia de intervenciones similares no ofrece una respuesta alentadora. Afganistán. Irak. Libia. La niebla estratégica se disipa con el tiempo. Lo que revela raramente es lo que se esperaba encontrar.


