HomeOpiniónEL GOBIERNO DE TRUMP COMO DOMINACIÓN NEOPATRIMONIAL

EL GOBIERNO DE TRUMP COMO DOMINACIÓN NEOPATRIMONIAL

Por Hans Blumenthal

La verdad es lo que es, y sigue siendo verdad aunque se piense al revés.
(Antonio Machado)

Max Weber distinguió tres formas de dominación legítima: la legal-racional, la carismática y la tradicional. Dentro de esta última ubicó la dominación patrimonial: un sistema en el que no hay frontera nítida entre lo público y lo privado, entre el cargo y quien lo ocupa. El poder no se organiza como institución, sino como corte. Mandan las lealtades personales.

Décadas después, Shmuel N. Eisenstadt desarrolló la idea de neopatrimonialismo: Estados que conservan parlamentos, tribunales y elecciones, pero cuyo funcionamiento real depende de redes personales. Las formas modernas permanecen; la lógica interna cambia. La lealtad pesa más que la competencia. Los recursos públicos se asignan con criterios privados.

Con esa lente, el segundo mandato de Donald Trump resulta revelador.

En política exterior, el ritmo ha sido vertiginoso. Una operación audaz —y jurídicamente controvertida— para extraer a Nicolás Maduro. Una mediación inesperada en Gaza. Bombardeos sobre instalaciones iraníes seguidos de negociaciones inciertas. Suspensión del apoyo militar a Ucrania mientras Washington abría contactos directos con Moscú. Incluso la amenaza —luego retirada— de intervenir en Groenlandia, territorio de un aliado de la OTAN.

Cada decisión, por separado, puede explicarse dentro del realismo clásico. En conjunto dibujan un patrón: unilateralismo, personalización y desprecio por los canales institucionales tradicionales.

Las relaciones con aliados históricos como Canadá y varios gobiernos europeos se tensaron. Al mismo tiempo —conviene reconocerlo— la presión estadounidense aceleró el aumento del gasto en defensa europeo. La amenaza de retirar el paraguas estratégico logró en meses lo que años de diplomacia no consiguieron.

Pero el punto central no es qué se decide, sino cómo se decide.

Muchas medidas se adoptaron mediante decretos presidenciales, reduciendo el papel del Congreso. Negociaciones sensibles no pasaron por el Departamento de Estado, sino por el círculo íntimo del presidente. Figuras como Steve Witkoff —amigo personal— o su yerno Jared Kushner asumieron funciones de alto perfil diplomático. La línea entre política pública y confianza privada se volvió borrosa.

El indulto al padre de Kushner en el primer mandato y su posterior designación diplomática reforzaron esa impresión. Algo similar ocurrió con USAID: formalmente vigente, pero operativamente desmantelada sin una reforma estructural aprobada por el Congreso.

En una entrevista con The New York Times, el presidente afirmó que su propio juicio moral bastaba como límite, más allá del derecho internacional. La frase evocó inevitablemente la atribuida a Louis XIV: L’État, c’est moi. No es una comparación histórica literal, sino una analogía funcional: la concentración del criterio último en la persona del gobernante.

El politólogo Stephen Walt ha descrito esta estrategia como “hegemonía depredadora”: usar la superioridad estadounidense para arrancar concesiones inmediatas en un mundo visto como juego de suma cero.

Más allá de etiquetas, la cuestión es institucional. Cuando las decisiones se desplazan de los procedimientos formales a las relaciones personales; cuando la lealtad sustituye al profesionalismo; cuando lo público se confunde con lo privado, el sistema mantiene su fachada constitucional pero altera su lógica operativa.

A eso la teoría lo llama neopatrimonialismo.

Exageración o diagnóstico certero: ese es el debate. Pero los indicios están ahí.

Y lo observado en política exterior anticipa una tendencia más profunda en la política interior.

De ello hablaremos en la próxima entrega.

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