Por George Castro
Hoy Colombia se mira al espejo y ve 214 años de historia que no caben en una sola bandera. El 20 de julio no es solo la fecha en que gritamos libertad en 1810. Es el día en que recordamos que este país se inventó a fuerza de valentía, de discusiones largas en plazas y de gente común que decidió que el destino no lo escribían otros.
Somos un pueblo de contrastes que aprendió a convivir. Aquí conviven el campesino que madruga en el páramo boyacense, el pescador que sale con la marea en San Andrés, el maestro en Medellín y el artesano que teje mochilas en La Guajira. Gente directa, rebuscada, solidaria. La que te abre la puerta aunque no tenga mucho, y te ofrece un tinto porque conversar también es un acto de patria.
Nuestro patrimonio no está guardado. Está vivo. Camina por las calles empedradas de Cartagena, resiste en los templos de Barichara, late en el Carnaval de Barranquilla y se canta en los currulaos del Pacífico. Está en la cerámica de Ráquira, en el sombrero vueltiao, en las lenguas que aún hablan los pueblos indígenas de la Amazonía y la Sierra Nevada. Es memoria y futuro al mismo tiempo.
La cultura colombiana no pide permiso. Baila. El bambuco, la cumbia, el vallenato, el joropo y el reguetón hecho en casa cuentan la misma historia con ritmos distintos: que aquí se sufre, se ama y se celebra duro. Los libros de García Márquez, la pintura de Botero, el teatro callejero de Bogotá y los festivales de cine en Cartagena son prueba de que tenemos algo que decirle al mundo, y lo decimos con acento propio.
Si hay un país que invita a recorrerlo, es este. Tenemos dos océanos y no nos cansamos de ellos. Tenemos el desierto de La Tatacoa que parece de otro planeta y la selva del Amazonas que respira por todos nosotros. Tenemos el Eje Cafetero con sus montañas verdes, los Llanos que se pierden en el horizonte, los nevados, los valles y una costa Caribe que parece inventada para quedarse. El turismo en Colombia ya no es promesa. Es experiencia: avistar ballenas en Nuquí, perderse en el Cocora, madrugar para ver el sol en el Cabo de la Vela, caminar por la Ciudad Perdida.
Y la naturaleza nos recuerda todos los días la responsabilidad que tenemos. Somos el segundo país más biodiverso del planeta. Guardamos frailejones, jaguares, colibríes y ríos que nacen para alimentar medio continente. Celebrar la independencia hoy también es comprometernos a cuidar esa casa común.
En la mesa se entiende mejor quiénes somos. La gastronomía colombiana es geografía servida en un plato. Un ajiaco bogotano, una bandeja paisa, un sancocho costeño, un mote de queso, una arepa de huevo, un ceviche de camarón en Tumaco, un pescado frito en el Magdalena. Cada región cocina con lo que la tierra le da, y cada bocado sabe a territorio. El café no necesita presentación. Es el abrazo que le damos al mundo cada mañana.
Porque Colombia es regiones. No hay una sola Colombia. Hay muchas que se juntan. La Andina con su música y su niebla. El Caribe con su sal y su alegría. El Pacífico con su marimba y su resistencia. La Orinoquía con sus llanuras infinitas. La Amazonía con su sabiduría ancestral. Y en cada una, gente que trabaja, que crea, que no se rinde.
Celebrar hoy es reconocer lo que hemos logrado y lo que nos falta. Es honrar a quienes lucharon para que fuéramos libres y honrar a quienes hoy luchan para que esa libertad signifique oportunidades, educación, paz y respeto.
Feliz día de independencia, Colombia. Que nos siga uniendo lo que nos hace distintos, y que el orgullo de ser de aquí nos alcance para construir el país que soñamos.


