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En memoria de Plinio Apuleyo Mendoza

Por Carlos Villota Santacruz

Murió Plinio Apuleyo Mendoza y con él se apaga una de las voces que más entendieron este país. Periodista, escritor y diplomático, tunjano, colombiano. Vivió 95 años escribiendo contra el silencio y contra el fanatismo.

Hizo del periodismo un oficio de largo aliento. Fue director de Semana, pasó por El Tiempo, dirigió Personajes y representó a Colombia en París, Lisboa y Roma. Pero su trinchera siempre fue la palabra.

Nota sobre su periodismo
Para Apuleyo el periodismo no era un altavoz. Era un deber. “No hay un colombiano que encarne más las virtudes y anhelos de esa profesión que usted”, le dijeron al condecorarlo. Y él lo ejerció así: preguntando, corrigiendo, incomodando.
Creía que el periodista debía estar en el centro de la vida pública, no para aplaudir ni para destruir, sino para entender. Pasó por la agencia Prensa Latina, por la dirección de revistas, por la televisión, y volvió siempre al texto. Defendió la libertad de prensa como condición para que una democracia no se vuelva populismo.
“Quiero reiterar mi confianza en el futuro que nos espera, la unión de todos nosotros hará que no caigamos en el totalitarismo y evitemos así el peor enemigo que tiene América Latina tras el coronavirus: el populismo”.
Sobrevivió a una carta bomba en 1999 por pensar distinto. No se calló. Siguió escribiendo porque entendía que callar al periodista es el primer paso para callar al país.

De él quedan frases que se volvieron brújula:
“La unión de todos nosotros hará que no caigamos en el totalitarismo”.
“No la esperaba en esta última etapa de mi vida, donde reina el silencio propio de los años”.

Y queda también la lección de su amistad con Gabriel García Márquez. En El olor de la guayaba entendimos a Gabo, pero también entendimos a Apuleyo: curioso, terco, sin ídolos intocables.

Escribió novelas como Años de fuga y El desertor. Escribió ensayo político con Manual del perfecto idiota latinoamericano, El regreso del idiota y Fabricantes de miseria. En cada página puso la misma idea: pensar es un acto de responsabilidad.

Hoy Colombia pierde a un maestro. Nos deja libros, columnas, entrevistas y una pregunta abierta que él repitió toda la vida: ¿para qué escribimos, si no es para entender y para servir?

Gracias, maestro. En el silencio propio de los años, lo seguiremos leyendo.

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