Por Eduardo Suárez
Abogado – escritor
Autor del libro El Zumbido de la Justicia en la Pandemia
En Colombia la justicia no llega tarde por pereza. Llega tarde porque la obligamos a caminar con los pies amarrados.
Nos acostumbramos a repetir que tenemos una justicia lenta, politizada, selectiva. Y lo es. Pero el diagnóstico es incompleto. El problema no es solo la justicia. Es la marcha del Estado que le exige a la justicia que corra mientras el resto de la institucionalidad gatea.
Le pedimos al juez que resuelva en 10 días lo que la administración no resolvió en 10 años. Le pedimos al fiscal que esclarezca el crimen que la prevención nunca evitó. Le pedimos a la tutela que haga lo que no hizo el ministerio, la alcaldía, la EPS, la secretaría de educación. Hemos convertido a los juzgados en ventanilla de última instancia para todo lo que el Estado no quiso hacer a tiempo.
Y entonces nos quejamos de la congestión. Un expediente en Colombia no es solo un conflicto entre partes. Es el retrato de un Estado ausente. Cada proceso de restitución de tierras es una historia de un Incoder que nunca tituló. Cada demanda por medicamentos es una EPS que negó lo obvio. Cada proceso penal que se cae por vencimiento de términos es una Fiscalía sin investigadores y una Policía Judicial sin laboratorios.
Aplicar justicia en Colombia se ha vuelto un acto heroico, no institucional. Y ahí está el peligro. Cuando la justicia depende del héroe, y no del sistema, la justicia deja de ser derecho y se vuelve lotería. Depende más del juez valiente que del sistema que lo respalda. Tenemos jueces que fallan desde zonas sin internet, con amenazas encima y con tres mil procesos en el anaquel. Y al mismo tiempo, tenemos altas cortes enredadas en la lógica del poder, midiendo cada fallo con calculadora política.
No nos sirve la reforma judicial de cada cuatro años que solo cambia nombres de tribunales y crea comisiones. Lo que necesita la justicia colombiana no es otra cirugía estética, es una reforma en la marcha del Estado. Que cada entidad haga lo que le toca para que el juez no tenga que hacerlo todo.
Mientras sigamos entendiendo la justicia como un edificio en el centro de Bogotá y no como una función que debe respirar en cada vereda, seguiremos escuchando el mismo zumbido que describí en pandemia: ese ruido constante, molesto, de un sistema que funciona a medias, que avisa que va a colapsar, pero que nunca termina de apagarse.
Porque la justicia colombiana no está muerta. Está aturdida. Camina, cojea, se detiene, pero marcha. Y en un país donde todo lo demás parece devolverse, que siga marchando ya es un acto de resistencia.La justicia no puede seguir siendo heroísmo. Tiene que volver a ser lo que nunca debió dejar de ser: rutina, normalidad, cotidianidad. El día que aplicar la ley no requiera valentía, ese día sabremos que el Estado por fin empezó a marchar.


